martes, enero 08, 2008

EMMANUEL O JUAN DAVID

Antes de finalizar el año pasado, nos vinieron con la noticia de Emmanuel. No hubo medio en el cual no se hubiera hecho un gran despliegue de la noticia, que por supuesto, es no solo salida de nuestro comportamiento macondiano, sino también de nuestra realidad de país paria e indigno. Aquí, en Colombia, la ficción supera con mucho a la realidad. Esa película trágica que se vive a diario y se repite en horarios estelares, para emoción de unos y furor de otros.
Poco importa el niño, eso ha quedado demostrado. Lo importante es que la gente pueda sacar a flote todos sus sentimientos de odio y de dolor, toda su necesidad de guerra y de violencia, todo el cúmulo de sus purulencias personales, llevadas al espacio de lo público y al universo de lo nacional.
Todos gritaron vivas a favor del niño, muchos se dedicaron al insulto y no pocos a los agravios dirigidos a guerrilleros y gobierno. Como en el tango Cambalache: ¨todo es igual, nada es peor¨.
Ese niño que se llama Juan David por su Padre, al que llamaron durante tres años Emmanuel, como un rótulo de cábala de testamento, debía llamarse en verdad Moisés, qué se yo, que significa salvado de las aguas. Salvado de las aguas negras que inundan las conciencias de los colombianos, que indiferentes ante nuestra realidad dramática, tomamos partido, en una guerra a la que nos metieron sin que nos pertenezca y sin que queramos jugarla.
Pero, realmente a quién le importa un niño llamado Emmanuel, que no es Emmanuel sino Juan David? La verdad sea dicha, a muy pocos. Ese niño, sin saberlo se convirtió en un botín de guerra, con el que hacen alardes de poder los insurgentes y el gobierno, y con el que reclaman para sí la victoria, las barras bravas que apoyan al gobierno o los fanáticos que todavía creen poder defender la existencia de una guerrilla, que no solo perdió el norte, sino que perdió toda razón de ser y toda orientación.
Ese niño inocente, dueño de una guerra que no es suya, cargará por siempre con el estigma con que lo quieren marcar, de ser el as guardado bajo la manga de insurgentes, que creyeron poder volverlo a tener, y de un gobierno que cree haber ganado la guerra, porque en una se sus dependencias burocráticas, desnutrido y olvidado, se encontraba desde hace tres años.
Los guerrilleros, ese grupo de delincuentes ordinarios, bárbaros y baratos, que nos han costado tan caro, han llegado a puntos insospechados de no retorno, en el proceso de degradación de las justas libertarias que un día dijeron defender. Hoy, a la luz de todos los hechos, no pasan de ser unos vulgares y abominables criminales, que carecen de órganos vitales, no tienen cerebro y por supuesto no tienen corazón. Pero no solo eso, no tienen ideología, no tienen programas, no tienen ideas, no tienen fundamento. Son la versión mas antigua del mundo de el hombre convertido en mierda.
El gobierno, que representa la institucionalidad y que en esta, justifica la reacción a sangre y fuego para defenderla, se ha dedicado a mostrarnos, que la violencia es un buen negocio. Que en nombre de una contraofensiva libertaria, en nombre de la defensa de la institucionalidad que queremos aparentar, pero de la que carecemos, todo esta permitido. No importa el derroche de todos los dineros públicos en los menesteres de la guerra. En definitiva, es la guerra uno de los motores mas importantes con los que se mueve esta economía emergente, que sin ella, tendría que contentarse con vivir de una industria de país de tercer mundo y de una vocación agropecuaria que fue extinguida hace muchos años en Colombia.
Emmanuel, o Juan David, o como quieran llamarlo, no le importa de verdad a nadie. Ese niño indefenso cargará consigo, el estigma de una guerra que no le pertenece. Lo utilizarán los guerrilleros para acusar al gobierno, pero también lo utilizara el gobierno para acusar a los guerrilleros. Los dos actores utilizarán ese pequeño inocente, como una disculpa, como un estandarte, como una justificación, para arreciar la guerra y para mostrarnos, que nuestra realidad no se conmueve ni se arreglará con nada, mientras no cambiemos nuestra estructura personal desde las bases, mientras no olvidemos toda la concepción heredada que hemos arrastrado como un lastre del que nos sentimos, estúpidamente orgullosos: la violencia.
Nuestra política no puede seguir manejada por hombres como Araujo, ni podemos seguir atizando la candela con las declaraciones de Pinchao. Emmanuel, o Juan David, debe entregarse sin condiciones al seno de un hogar donde lo quieran y le ayuden a sanar las heridas profundas, que esta historia de estupidez sin limite le ha causado. Su abuela, mujer de muy decoroso comportamiento y de prudencia sin límite, tendrá en sus manos y en su afecto, la mejor receta, sin duda, para sanar en parte esas heridas del niño, y solo lo logrará en la medida en que pueda llevarlo al anonimato en que tienen que vivir y crecer todos los niños del mundo, protegidos con la coraza del amor y curados con los cataplasmas de los sentimientos.
Esperemos que nuestra realidad no se trague a este niño, para convertirlo en un símbolo de una guerra que nadie gana y en la que todos perdemos.
En este episodio grotesco de nuestra realidad nacional todos perdimos. Perdieron los secuestrados, que están sometidas al peor de los crímenes. Perdieron las familias de los secuestrados que están sometidas a la tortura del secuestro. Perdió el Gobierno por el show mediático que no consiguió soluciones. Perdieron todos los mediadores, mas preocupados por participar en un espectáculo de popularidad política, que en un acto humanitario. Perdimos todos. Porque se pierde buena parte del sentido de la vida y su valor. Perdieron los grupos guerrilleros, que mostraron la realidad de su dimensión infrahumana. Sin lugar a dudas, los que mas mal parados quedaron, fueron esos mal paridos.

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